Escenas inéditas de viajes: Extremadura

En este puesto, tercero en una serie de puestos basados en las entradas de mi diario de viaje, escribo del fin de mi viaje de Semana Santa en Extremadura.


1 de abril, 16:27

Ahora estoy de pie cerca de la Iglesia de Santa Marina esperando los pasos de La Resurrección, por los cuales se terminan las fiestas de Semana Santa en Sevilla.

Me ha pasado muchas veces ahora, pero siempre es un choque de grandeza y gracia acercar de una procesión, oír primero los tambores y luego los clarines, escuchar como el volumen va creciendo mientras pasas más cerca y de repente dar una vuelta y ver el enorme, demasiado grande para cualquier calle, paso que flota sobre la gente como un elefante de oro y flores.

Pues, eso experimenté dos veces en Villafranca de los Barros. La primera era cuando anduve desde la estación de autobuses hasta mi albergue; la cofradía de Nuestro Señor Jesús Cautivo y Nuestra Señora de las Angustias era a la mitad de su recorrido.

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Nuestra Señora de las Angustias.

La segunda vez era cuando, después de no poder registrarme porque nadie estaba en el hostal, regresé a la calle para ver la procesión y en cuanto bajé allí estaban los nazarenos, y a la otra extremidad de la calle estaba el cristo. Es que mi hostal era justo al lado de la plaza en que se situaba la iglesia de la procesión, la Parroquia del Valle. A la plaza y las calles rodeaban niños y otros residentes, sobre todo alrededor de la iglesia. Era muy impresionante esa procesión con pasos humildes de madera y pintura. No hay que tener oro y hilo de plata y 4.000 nazarenos para ser impactante y grande una procesión, creo. La entrada en Villafranca de los Barros era un do mis favoritas de la Semana Santa, en parte por no haber habido tanta gente que no se podía mover. Todo el mundo tenía buena vista de la acción, y parecía una fiesta local, una fiesta de familiares y vecinos, en vez de la atracción turística que yo iba a ver en Sevilla.

Después de verla, subí al hostal, logré registrarme, y me dormí.

21:27

Escribo esta última entrada en mi ordenador, en mi habitación. Se ha terminado la Semana Santa ahora, y mañana las clases empiezan de vuelta. Tengo que hablar ya de Mérida.

Mérida también es como un museo grande al aire libre, pero de sitios romanos en vez de los restos medievales de Toledo. Además, Mérida, igual a Villafranca de los Barros, es mucho menos turístico que cualquier otra ciudad que visité durante mi viaje. Solo oí inglés allí una vez. Los turistas que vienen allí son españoles, o portugueses, pero no hay muchos de Alemania o Inglaterra. Eso disfruté mucho: una ciudad que no tenía que vestirse para ingleses o franceses, una España para españoles. Claro, hay lugares dentro de las ciudades grandes de España en que se encuentran pocos turistas, pero Mérida me parecía cien por ciento una ciudad ibérica. Eso no quiere decir que Madrid es menos español por ser turístico; claro, España gana mucho del turismo, entonces una ciudad turística es bastante español. Pero me alegría experimentar una parte de España distinto de la mayoría de los sitios a que había viajado.

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El teatro romano con pájaros.

Poco antes de venir a Mérida, quizás el último día en Madrid, me di cuenta de que la ruta de mi viaje me llevaba al revés por la historia, y es más o menos verdad. Empecé en Barcelona, la ciudad más moderna de España, y después me fui a Madrid, lo cual solo crecía a partir de la reconquista. Toledo cubría el periodo medieval cristiano y musulmán del peninsula, y claro no visité un sitio para los visigodos, pero ellos no importan mucho, y terminé en Merida, una ciudad romana (entonces tampoco había un sitio tartesio; perfecto no soy). Me gustaba terminar en esta manera, y en ese modo mi viaje me llegó al punto histórico en que surgía el cristianismo, y en que el imperio romano ejecutó a Jesús, al mismo tiempo en que llegaba a la cima la Semana Santa: el Jueves Santo.

Fui al Acueducto de San Lázaro para ver la procesión de la Cofradía Ferroviaria, con dos pasos: El Prendimiento de Jesús, y Nuestra Señora de la Paz, la cual era una virgen sin palio, con manta blanca bordada con estrellas de plata. Era un espectáculo dramático, con el acueducto al fondo, y otra vez uno de mis favoritos de toda la Semana Santa. Me gustó la Semana Santa de Sevilla, pero nada en eso se comparaba con la grandeza de esa procesión en ese sitio. Era algo surreal y muy fascinante ver una recreación de la persecución de Jesús por el Imperio Romano antes de las ruinas del infraestructura de ese imperio (además de oír en un momento un hombre arrancar a cantar una saeta, con los rasgos islámicos de ese género de canción, como la canción del almuecín).

Buen fin del viaje, y buen fin de esta entrada, pienso.

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El Prendimiento de Jesús frente del acueducto de San Lázaro.

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